Ha pasado tiempo desde que comenzó mi duelo y me encuentro peor

Pilar Pastor, psicóloga de FMLC

 

Una de las preocupaciones más frecuentes que suelen aparecer durante el proceso de duelo y que genera numerosas consultas surge cuando, pasado un periodo de tiempo considerable desde la muerte del ser querido, el doliente siente que se encuentra peor.

Parece que esa creencia de que El tiempo lo cura todo nos ha calado socialmente y esa sensación de encontrarse peor transcurrido un tiempo la contradice por completo, generando mucha inquietud y desconcierto, de manera que el doliente siente que está haciendo algo mal.

Sin embargo, tiene todo el sentido del mundo que, cuando ha pasado un tiempo desde el fallecimiento, el doliente se encuentre peor que al principio.

Asumir la realidad de la pérdida

Sea la muerte esperada o no, es frecuente que cuando por fin tiene lugar la pérdida del ser querido, el doliente lo viva con incredulidad, con la sensación de estar viviendo una realidad alejada de sí mismo, como si se tratara de una película o un mal sueño. Es como si una parte de nosotros entendiera y asumiera lo que ha sucedido, mientras que otra parte no lo entiende, se queda bloqueada, anclada al momento del fallecimiento.

Al recordar esos primeros momentos tras el fallecimiento, muchas personas recuerdan su estado describiendo la sensación como “estar en una nube”. Esa sensación no solo es característica de los primeros días del duelo, sino que puede extenderse también a los primeros meses.

El duelo agudo y el duelo como proceso

Al principio del proceso de duelo hay muchas cosas que “hacer”: trámites que gestionar, asuntos que atender (el funeral o los ritos a los que se adhiera la familia, a veces homenajes, etc.), por lo que, generalmente, el doliente está más atendido y ocupado a nivel social. También tiene muchas cosas que atender a nivel mental: por un lado, procesar todo lo sucedido, pensar en las decisiones que hay que tomar y, por otro, todo lo que se pone por delante y en el propio presente.

Sin embargo, con el transcurrir de los meses, el doliente va descubriendo lo que significa realmente el día a día sin el fallecido, como si el agua revuelta se fuera posando. Y lo que durante los meses anteriores era básicamente sobrevivir y responder a toda esta revolución, ahora se empieza a volver más real en todos los sentidos: se retoman las rutinas y entonces se dejan ver los espacios vacíos, el apoyo social suele descender, el doliente comienza a afrontar alguna fecha especial, debe asumir roles que antes ocupaba el fallecido, etc.

El coste físico del duelo

También es frecuente que a todo esto se sume el cansancio tras el cuidado durante la enfermedad o el agotamiento por todo lo vivido. A menudo el doliente contiene todo el dolor de la pérdida por no preocupar o cansar a los demás -o por miedo a que las emociones le arrasen- y mantener toda esa potencia emocional a raya es agotador.

Si vamos sumando todos estos factores, es fácil comprender cómo, transcurridos unos meses tras el fallecimiento, muchas personas se encuentren con esta sensación, como si estuviesen peor. Pero quizá lo que ocurre es que la mochila ya está siendo muy pesada y es ahora cuando el doliente se da cuenta de todo lo que lleva. También puede estar relacionado con el hecho de haber intentado distraer el dolor, evitarlo, controlarlo o pasarlo por alto de alguna manera… O tal vez la explicación sea que el propio proceso de duelo es así.

El duelo y la aceptación

El dolor en el duelo es la otra cara del amor. El dolor, las lágrimas, la tristeza que viene con el duelo son el resultado de haber amado, de haber tenido la valentía de abrirnos a otro y de entregarnos, y también de haber permitido a la otra persona amarnos. Dolor y amor son las dos caras de la misma moneda cuando hablamos de duelo. Y la aceptación (ese proceso tan complicado) implica asumir las dos partes, no solo la brillante.

Sabemos que la herida que no curamos bien no cicatriza del todo, es decir, que también es necesario nombrar, sentir, curar y dar un espacio al dolor en nuestro interior para poder convivir con él. No podemos saltarnos esta parte del proceso, que duele, es difícil, pero debemos afrontarlo en algún momento, cuando estemos preparados para ello. Y para muchas personas el momento es precisamente ese: cuando sienten que el dolor es muy profundo, que no lo pueden distraer o dejar pasar.

Cuando el doliente se siente así, tal vez sea el momento de pararse a tender lo que le ocurre y preguntarse: “Frente a esto que siento tan difícil de soportar, ¿qué necesito?”. Quizá el camino que se abra a continuación consista en frenar un poco y escucharse, permitir que vengan los recuerdos y las emociones; encontrar momentos en los que pararse y llorar; pedir ayuda a alguien cercano o, si es el caso, consultar a un profesional.

Todas estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda gratuita, no dude en consultar nuestra página web:

 www. fundacionmlc.org

 

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