Aprendizajes sobre el duelo (II)

Pilar Pastor, psicóloga de FMLC

 

© MalagónSiguiendo la línea de artículos anteriores, volvemos a poner el foco de atención en los aprendizajes sobre el duelo, tanto los que el doliente vaya encontrando probablemente en su camino particular, como los que he ido atesorando estos años como testigo privilegiado a lo largo de mi carrera.

Dentro de la amplitud de este tema, en este artículo nos centraremos en los aprendizajes vinculados a la forma en que cambia nuestra mirada al mundo tras el fallecimiento y duelo por un ser querido cercano: cómo se reajustan o se reafirman los valores vitales, el aprendizaje de relativizar la vida cotidiana y la tendencia a dejar de planificar tanto e intentar controlar, dejando paso a un contacto mayor con el día a día.

Los valores vitales

El duelo -que todo lo remueve y lo trastoca, desde lo más cotidiano hasta lo más transcendental del ser humano- también hace que se revise el modo en el cual atendemos la vida y nos manejamos en ella: lo que priorizamos y dónde, en qué áreas de nuestra vida ponemos más energía y en cuáles menos.

Cuando se produce un fallecimiento que nos toca y nos afecta especialmente, parece que, de manera intuitiva (a menudo sin que seamos conscientes del todo) se va desarrollando esta revolución interna que en algún punto del camino implica una pregunta: ¿Cómo quiero vivir mi vida a partir de ahora?

Con frecuencia ocurre que, desde el dolor y el sufrimiento, el doliente siente que lo mejor sería un cambio radical en su vida: dejar la ciudad donde vive, cambiar de trabajo, mudarse de casa… quizá ese impulso viene en parte de la necesidad de buscar un “lugar”, otro lugar donde encontrarse mejor, aunque éste dependa más del interior que del exterior. Tal vez también pueda venir de ese movimiento interno que empieza a darse, que tiene que ver con la forma en que el doliente mira ahora su vida.

¿Cómo escuchar esa necesidad sin caer en el impulso del cambio radical, que muchas veces busca el alivio inmediato sin medir las consecuencias reales? Es necesario hacer una pausa, atender a lo que está ocurriendo, además del aspecto emocional del dolor. El dolor es algo más que una emoción: es un camino de entrada a una parte de nosotros muy vulnerable, por eso da tanto miedo conectar con él.

Sin embargo, el dolor también permite que accedamos a áreas muy profundas de nuestro ser, precisamente aquellas en las que se determinan estos cambios profundos, relacionados con los valores, la manera de ver y entender la vida, y el planteamiento de cómo quiero vivir a partir de ahora. Ésta no es una pregunta que se responda con facilidad, sino que marca todo un camino de introspección.

Aprender a relativizar la vida cotidiana

La experiencia de pérdida significativa suele generar en quien la sufre una reorganización de su escala de preocupaciones ante lo que ocurre en la vida.  Por supuesto, los problemas siguen siendo problemas y hay que atenderlos, pero el grado de importancia o de tiempo que se les dedica tiende a modificarse tras un duelo: lo que antes se sentía como algo crucial que ocupaba la mente, tiende a manejarse de otra manera o bien el doliente le da otro tipo de protagonismo en su vida y su mente.

Eso no quiere decir que ahora los problemas vayan a sentirse menos, significa que muchas cosas a las que antes se les dedicaban horas de atención, ahora van a ser miradas de otra manera y, probablemente, el doliente les va a otorgar un peso mucho más ligero. Los asuntos del trabajo seguirán ocupando y estando, los asuntos familiares, económicos, etc.…, pero tras el duelo hay un cambio en la visión de la vida y la muerte en general y eso se traduce en cómo reorganizamos la importancia de las cosas y cómo vivimos la vida.

Permitir aflojar la planificación y el control

De esta forma, se deja paso a un contacto más en el presente. Un pensamiento muy habitual tras una pérdida es: “No voy a volver a hacer planes porque no sirve para nada”. Frente a la muerte todo lo que hemos pensado, planificado e intentado controlar en nuestra vida desaparece de un plumazo. Como reacción a esto a veces viene la rabia, que hace que el doliente se enfade con la vida y quizá deje de querer planificar porque no quiere participar de ella.

El ser humano tiende a moverse en los extremos, sobre todo cuando hablamos de dolor: o queremos planificarlo o controlarlo todo, o nos desligamos por completo y le damos la espalda a la vida. Quizá en el duelo el aprendizaje viene con la búsqueda del camino del medio: cómo aprender a soltar el ansia de control, permitiendo que la vida se dé, sin darle la espalda y sin dejar de planificar y participar en ella.

Con frecuencia los dolientes nos hablan del tremendo cansancio que les acompaña: de los olvidos, del esfuerzo que supone el día a día… y es que no somos conscientes del trabajo que implica el duelo a todos los niveles. Es importante cuidar el cuerpo,ya que a través de él mismo estamos cuidando partes de nosotros a las que no tenemos un acceso directo.

Para saber más sobre el duelo, os recomendamos la lectura de nuestra Guía de Duelo Adulto, que ofrece pautas para detectar y atender el duelo complicado. La guía está disponible gratuitamente para su descarga en nuestra página web:

www.fundacionmlc.org

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